• 09Nov
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    Una vez le ocurrió a un pescador que siguiendo su barquilla las muchas sinuosidades de un río, se halló de pronto frente a un espeso bosquecillo de flores nunca vistas. Se metió por él, maravillado, y entonces se halló con que a su vera, donde manaba una fuente, presentábase una colina con una especie de túnel en cuyo fondo se divisaba algo de claridad. Amarró el hombre la barca, entró a pie por la boca del túnel, y no había dado muchos pasos cuando vio extenderse ante sus ojos una extensa llanura llena de casas, de campos, de lagos, de plantaciones de morera, bambúes y papiro. Oíanse el cantar de los gallos y el ladrar de los perros; hombres y mujeres que pasaban y trabajaban jóvenes y viejos, parecían contentos y felices.

     

    El pescador se vio como forastero, obsequiado por ellos con alimentos y bebidas, y por su conversación averiguo que los antepasados de aquella gente se habían refugiado allí huyendo de las continuas agitaciones y guerras; y ellos y sus descendientes vivieron así tranquilos, completamente aislados del resto del mundo.

     

    Al cabo de algunos días regresa el pescador a su casa y refiere  a todos del lugar en que vive el descubrimiento que acaba de hacer.  Inmediatamente mucha gente desea ir allí, y puestos al servicio del pescador y guiados por él, fueron en busca de aquella extraña e ignorada región…; pero el buen hombre no logra entonces dar con el camino que siguió antes… y el secreto continuará siéndolo por los siglos de los siglos…

     

    Cuántas veces se desea vivir nuevamente algo que ya pasó y no es posible. Las vivencias son instantes que no vuelven. 

  • 14Oct
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    En un cuento tradicional japonés, acerca de cómo fue creado el día y la noche, cuentan que una vez, hubo una discusión entre la diosa Sol y el impetuoso dios de las Tempestades que se entregaba a violencias, devastándolo todo, a tal punto que la diosa Sol, huye a encerrarse en una caverna, que cierra con una roca, produciendo en el mundo una eterna noche.

     

    Ante esta extrema situación, se reúnen todas las divinidades y acuerdan buscar una solución al grave conflicto. Así que mandaron a fabricar un espejo de hierro muy pulido, que reflejara perfectamente las imágenes, lo cual les costó mucho a los forjadores celestes que trabajaban en minas a su disposición. Entonces, uno de los dioses arrancó de raíz un árbol, colgó en una de sus ramas más altas el espejo, y cubrió las ramas bajas con magníficos ropajes que tenían preparados, como también un espléndido palacio o templo en el que había de albergarse aquella fingida, inanimada diosa que acababan de fabricar como si fuera una gran muñeca. Comenzaron a cantarle himnos de alabanza a su belleza y a danzar en torno suyo, frente a la tapada caverna de la verdadera diosa del Sol.

     

    Tantos fueron los elogios y las ceremonias de adoración, que la verdadera diosa del Sol sintió celos, porque a ella no le habían dicho nunca tan dulces palabras, y, empujando la roca, miró hacia fuera de la caverna y vio retratado su rostro en el espejo que tenía adelante, teniendo que reconocer que le había salido una rival realmente bellísima.

     

    Pero el resultado fue que, al asomarse para mirar la luz, la luz celestial que de su rostro emanaba volvió a esparcirse por el mundo, mientras cesaba la noche en el mundo.

     

    En cuanto al dios de las Tempestades, fue expulsado del cielo por castigo, para que no turbara más la paz.

     

     

     

     

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