Una vez le ocurrió a un pescador que siguiendo su barquilla las muchas sinuosidades de un río, se halló de pronto frente a un espeso bosquecillo de flores nunca vistas. Se metió por él, maravillado, y entonces se halló con que a su vera, donde manaba una fuente, presentábase una colina con una especie de túnel en cuyo fondo se divisaba algo de claridad. Amarró el hombre la barca, entró a pie por la boca del túnel, y no había dado muchos pasos cuando vio extenderse ante sus ojos una extensa llanura llena de casas, de campos, de lagos, de plantaciones de morera, bambúes y papiro. Oíanse el cantar de los gallos y el ladrar de los perros; hombres y mujeres que pasaban y trabajaban jóvenes y viejos, parecían contentos y felices.
El pescador se vio como forastero, obsequiado por ellos con alimentos y bebidas, y por su conversación averiguo que los antepasados de aquella gente se habían refugiado allí huyendo de las continuas agitaciones y guerras; y ellos y sus descendientes vivieron así tranquilos, completamente aislados del resto del mundo.
Al cabo de algunos días regresa el pescador a su casa y refiere a todos del lugar en que vive el descubrimiento que acaba de hacer. Inmediatamente mucha gente desea ir allí, y puestos al servicio del pescador y guiados por él, fueron en busca de aquella extraña e ignorada región…; pero el buen hombre no logra entonces dar con el camino que siguió antes… y el secreto continuará siéndolo por los siglos de los siglos…
Cuántas veces se desea vivir nuevamente algo que ya pasó y no es posible. Las vivencias son instantes que no vuelven.
