Cada vez se ven más personas que creen y aceptan todo lo que les ofrece las filosofías de la nueva era, las sectas, las cadenas de e-mail, la pseudociencia; es una proliferación de los días de la suerte, horóscopo del día, semana, mes o año; números y plantas de la suerte; piedras, velas de colores para cada día, ovnis, espiritistas, adivinadores de la suerte, colores para llevar en el día, libros de auto-ayuda; conjunto de creencias populares más o menos similares a través de los años, invasión de fabricantes de paradojas que dan una “explicación” a los fenómenos naturales; una ciencia pop que encierra muchos engaños y peligros pero que para la mayoría de las personas les resulta más fácil y más cómodo aceptar; y de paso alimentar la pereza para aprender a pensar.
Con todo es un sistema de persuasión o sugestión para que las personas sientan y piensen como se les pronostica que es su vida, algunas veces con aterrado asombro de atreverse a decir lo que les va a suceder en sus vidas; nada distinto de nuestros seres primitivos de la Era Cuaternaria de hace cuatro millones de años que buscaban explicaciones con las únicas herramientas que tenían a su alcance.
Lo que se oye en estos seudo-discursos son las homilías más banales, indistinguibles unas de otras. Sólo responden encantados a preguntas obvias, imprecisas y vagas: ¿Deberíamos ser buenos? Pero si es algo específico, que de ocasión a descubrir si saben algo realmente, sólo hay silencio. No tienen un mínimo peso científico.
Hay gente que intenta beneficiarse siempre de la vulnerabilidad de los afligidos. Es una forma de negocio que por cierto es muy próspera, especialmente el de las sectas que para conseguir sus propósitos financieros hacen uso de la ley y el castigo. Ciertamente, la mentalización es, desde tiempos remotos, uno de los métodos más efectivos y más comunes usado para modificar actitudes; suele componerse de dos sencillos ingredientes: la imposición de una ley y el manejo de un látigo. Quien sea capaz de imponer su ley y de infundir temor, habrá ganado la partida.
Repetido un ritual día tras día, las personas acaban persuadiéndose de que pertenecen al lugar, o que son lo que les dicen. Pero cuando la liturgia mentalizadora falla, y el sujeto empieza a dudar de que lo que le dicen es cierto, o de que esa ley que le predicen sea su propia ley, es el látigo el que suple la falta de argumentación, es la amenaza de tortura la que convence nuevamente al incauto.
Cantidades de personas viven de la falta de escepticismo de la gente. Sin embargo, la mayoría de las personas son escépticas para algunas cosas pero desafortunadamente no en otras. Si no se posee un mínimo de escepticismo probablemente se paga un precio muy alto tarde o temprano. ¿Cómo enfrentaremos el futuro si no poseemos las herramientas intelectuales elementales para hacer preguntas agudas?
La época más exquisita, satisfactoria y estimulante para vivir es aquella en la que pasemos de la ignorancia al conocimiento de las cuestiones más fundamentales. El objetivo de la ciencia es descubrir como funciona el mundo, detectar las regularidades que puedan existir; la ciencia se fundamenta en la experimentación, en un ansia permanente de someter a prueba los viejos dogmas. Cuando pensamos, nos sentimos bien. Comprender da un cierto tipo de éxtasis.
Lo que se persigue no es la voluntad de creer, sino el deseo de descubrir, pero para descubrir hay que dudar. Se necesita una apertura de espíritu que nos permita contemplar el universo tal como realmente es. Pero para esto se necesita de coraje para aprender entre otras a distinguir las ideas útiles de las inútiles.
