En un cuento tradicional japonés, acerca de cómo fue creado el día y la noche, cuentan que una vez, hubo una discusión entre la diosa Sol y el impetuoso dios de las Tempestades que se entregaba a violencias, devastándolo todo, a tal punto que la diosa Sol, huye a encerrarse en una caverna, que cierra con una roca, produciendo en el mundo una eterna noche.
Ante esta extrema situación, se reúnen todas las divinidades y acuerdan buscar una solución al grave conflicto. Así que mandaron a fabricar un espejo de hierro muy pulido, que reflejara perfectamente las imágenes, lo cual les costó mucho a los forjadores celestes que trabajaban en minas a su disposición. Entonces, uno de los dioses arrancó de raíz un árbol, colgó en una de sus ramas más altas el espejo, y cubrió las ramas bajas con magníficos ropajes que tenían preparados, como también un espléndido palacio o templo en el que había de albergarse aquella fingida, inanimada diosa que acababan de fabricar como si fuera una gran muñeca. Comenzaron a cantarle himnos de alabanza a su belleza y a danzar en torno suyo, frente a la tapada caverna de la verdadera diosa del Sol.
Tantos fueron los elogios y las ceremonias de adoración, que la verdadera diosa del Sol sintió celos, porque a ella no le habían dicho nunca tan dulces palabras, y, empujando la roca, miró hacia fuera de la caverna y vio retratado su rostro en el espejo que tenía adelante, teniendo que reconocer que le había salido una rival realmente bellísima.
Pero el resultado fue que, al asomarse para mirar la luz, la luz celestial que de su rostro emanaba volvió a esparcirse por el mundo, mientras cesaba la noche en el mundo.
En cuanto al dios de las Tempestades, fue expulsado del cielo por castigo, para que no turbara más la paz.

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